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Coordinadora de Acompañamiento al Duelo

Qué es el duelo PDF Imprimir E-mail

El duelo puede definirse como todo el tiempo y el espacio que nos va a permitir sobrevivir y transformar la muerte de nuestro ser querido, para que, en algún momento que jamás se vislumbra durante las etapas tempranas del propio proceso, se pueda habiendo dejado el sufrimiento, reconocer en qué nos hemos convertido.

Es un proceso altamente personal y aunque hoy hablemos de unas condiciones generalizadas, no siempre son iguales para todos. Pero si existen unas reacciones y vivencias que más o menos se comparten. Lo que si es imposible es medir el dolor y compararlo.  Toda persona que ha perdido a su ser querido va a sentir que su dolor es el mayor y su experiencia la peor jamás vivida.

Al principio en los primeros momentos después de la pérdida, que pueden durar horas, días o incluso más tiempo, la vivencia de la muerte va acompañada de un aturdimiento casi total. La pérdida, el vacío y el dolor se viven desde una irrealidad que normalmente se define como un estado de shock, con la imposibilidad incluso de hablar o expresarse.

Desde este estado, todo es un poco más llevadero, los acontecimientos se viven de forma difuminada. Es un estado temporal, sin duración específica. Sólo nuestra necesidad marcará su extensión.

Poco a poco la realidad de la pérdida empieza a hacer mella. Entonces la carencia, el vacío y el dolor hacen su aparición siendo angustiosamente insoportables, por bastante tiempo. Existe la necesidad de expresarse, de explicar, de quejarse, rabiar, llorar y llorar y llorar. También existe la imposibilidad de escuchar los cariñosos consejos de aquellos que nos quieren y que quieren lo mejor para nosotros.

Es un periodo poblado de emociones que se atropellan, de pensamientos que torturan con su crudeza y reiteración y de una falta total de ganas de vivir.

Luego lentamente el sufrimiento y desmoronamiento empezarán a abrirse a la posibilidad de retomar actitudes menos dolorosas y aunque pueda haber una cierta bajada de hombros, de tener que conformarse, la necesidad de comprensión y el acompañamiento de los amigos y familiares facilitarán una mayor comunicación con el entorno buscando además poder compartir experiencias similares.

Afortunadamente existen los grupos de apoyo en el duelo, que facilitan compañía, comprensión y escucha. Todo esto muy necesario para no sentir que se está solo. Esta necesidad es aún más acuciante si en casa ya se ha recuperado la vida habitual y no parece haber espacio para comprender lo que está pasando y ser comprendidos.

En estas fases se atropellan sentimientos, emociones, pensamientos a veces obsesivos y situaciones inusuales. Rabia, culpabilidad, desespero, llanto, insomnio, pérdida de apetito, agotamiento, falta de concentración, emotividad desbordada, desamparo y soledad, culpa y miedo son compañeros asiduos, que desmontan y quitan esa vitalidad muy necesaria para emprender la reconstrucción que no parece ser posible. Pero que finalmente, en una vuelta del camino aparece.

Aparece cuando se empieza a transformar la pérdida, cuando el vacío comienza a llenarse una vez más con vida, nuestra vida y empezamos a dejar de sufrir. Hay un renacimiento auténtico con todas las connotaciones de la palabra.

En Déjame Llorar escribí este pequeño poema para describirlo:


Como el ave Fénix,
Como las amapolas en Abril,
Como el sol después de una larga noche...
Yo.
Aún más Fuerte,
Aún más capaz,
Aún más.

Este es el auténtico renacimiento porque viene de nuestro interior. Nace de haber llevado bien el periodo del duelo, de haber llorado todo lo necesario, de haber expresado lo inexpresable, de haber tenido la valentía de aceptar el dolor y haber sobrevivido a noches enteras de angustias y temores.

Nace del bienestar de saber que somos más fuertes que el dolor más inaguantable y de constatar que hemos podido con un sufrimiento que casi acaba con nosotros. Renacer significa conectar con esa fuerza que realmente tenemos, con esa perfección que esencialmente somos, con ese amor y esa sabiduría que somos todos y que están a nuestra disposición para ayudar a levantarnos en momentos de máxima dureza y dificultad.

Ya nunca nada será igual, aquello que nos desmontaba ha perdido su poder. Vemos la vida desde un presente crecido, desde una perspectiva que nos enriquece porque nos ofrece mil posibilidades que no habíamos visto antes.

Ahora nos damos cuenta que queremos más, si esto es posible, a la persona que se ha ido, porque ya tenemos más capacidad de amor. Nos sentimos más cercanos a toda la humanidad porque hemos aceptado nuestro dolor, lo hemos superado y ahora podemos aceptar el dolor de los demás sin que nos derrumbe ni crea distancias. Entonces ha nacido la mariposa.

Anji Carmelo